Por Diego Cerna
Hace un par de semanas se realizó la reunión de APEC 2011 en Honululú, Hawai. Los medios tradicionales resaltaron bastante la presentación del presidente Ollanta Humala y su búsqueda de inversiones para el Perú. Sin embargo, poca atención ha merecido uno de los temas más trascendentes de la reunión: el TPPA (Trans-Pacific Partnership Agreement). Y menos aún de uno de sus puntos más preocupantes: el de los derechos de autor y la propiedad intelectual. Las propuestas de la posición estadounidense para este punto son, citando a Alt 1040:
- 70 años de copyright después de la muerte del autor
- Medidas de protección para el entorno digital más allá del los tratados de internet de WIPO
- Capacidad de los proveedores del servicio de internet (ISPs) para identificar usuarios
- Incentivos legales para que ISPs cooperen con titulares de derechos a identificar y detener la transmisión de contenido
- Criminalización de uso sin fines lucro
Para mayor entendimiento de lo que estas medidas pueden significar pueden visitar el blog de elmorsa o revisar el documento filtrado.
No obstante, no nos detengamos en esta manifestación obscena de control del sistema, vayamos más allá. ¿Por qué se defiende tanto al autor? ¿Por qué es importante la noción de “autor”? ¿Hasta dónde está dispuesto el Estado a llegar para defenderlo? ¿Por qué los medios de comunicación no tratan este tema?
La ficción del autor
Antes del siglo XV y de que Guttenberg inventara la imprenta, la noción de lo que significaba ser “autor” era bastante vaga. Un texto era transcrito de un libro a otro por un escriba que no siempre respetaba fielmente lo que el original contenía –cada uno tenía su propia manera de escribir el texto. Es más, las mayorías analfabetas, que obviamente no podía leer los escritos de los sabios clásicos, tenían relatos populares, que eran transmitidos oralmente por juglares de pueblo en pueblo. Estas historias populares no tenían “autores”, nacían de las historias y recuerdos de un pueblo, la gente que escuchaba estas historias no necesitaba asignarles un “autor”. ¿Qué son ahora las personas que comparten links en foros, que “seedean” archivos, sino “juglares digitales”? Personas que recorren, ya no pueblos físicos, sino comunidades virtuales, diseminando conocimiento, ideas. ¿Qué son las personas que hacen remixes, alt art, AMVs, etc. sino “escribas digitales”? Personas que toman , ya no textos escritos, sino contenidos multimedia, y los recrean a su manera.
Con la invención de la imprenta, no solo nace el libro moderno, tal y como lo conocemos, sino también la noción moderna de lo que significa ser autor. Obviamente este concepto no es neutral, ni natural, como ahora podemos creer. Ser autor de algo significa tener derechos de cierto conocimiento, ser propietario exclusivo de este. ¿Y qué permite esto? Una producción exclusiva a partir de este conocimiento: desde libros hasta armamento militar. ¿Qué trajo esto consigo? Un crecimiento mucho más rápido y efectivo del modelo económico: un empresario puede contactar un fabricante que puede conseguir una nueva patente, conseguir un método de producción más efectivo que su competencia y mantenerlo para si mismo. ¿Y cómo se aseguran que nadie de su competencia los copie? Ejerciendo coerción sobre el resto: quien copie será castigado por el aparato de control del estado.
Así nació un gran matrimonio entre los estados nacionales y el capitalismo: mientras el estado controlaba que nadie interfiriese con el funcionamiento del sistema económico, el capitalismo financiaba a quienes llegaran al poder (o intentaran hacerlo) . El modelo económico imperante nunca hubiera llegado a donde ha llegado si no fuera por la noción de “autor” (Revisar el libro “Capitalismo y conocimiento”para mayor información acerca de la relación entre el sistema capitalista y la propiedad intelectual).
Control mercenario
Sin embargo, ¿qué sucede ahora, en un contexto en que el estado se debilita cada vez más y que ejercer control sobre los individuos es, supuestamente, cada vez más difícil? En efecto, la expansión cada vez mayor del uso de las tecnologías de información y comunicación (TIC) ha posibilitado la circulación y generación de contenido en la red sin un control centralizado. Ello le ha otorgado una cierta apariencia de “medio alternativo”, donde se puede expresar lo que los medios tradicionales no cubren, ya sea por la especificidad del contenido o por la diversidad de opiniones vertidas.

De todos modos en este contexto, el estado no puede olvidar su compromiso con el poder económico. Pero ya no se trata de un matrimonio, es decir, de una relación entre entes que se reconocen igual importancia (o al menos simulaban hacerlo). Hoy por hoy, el estado se ha convertido en un mercenario del poder económico. El sistema le demanda al estado que atente contra quienes lo legitiman en el poder, el pueblo. Los beneficios últimos que prometían los valores del liberalismo occidental son violados. Con la vigilancia total, nuestras libertades son recortadas al extremo. En otras palabras, el sistema económico ha llegado a una etapa en la que ya no necesita de los valores liberales. Es más, prescindiendo de ellos puede ser más efectivo.
De hecho, toca revisar también la verdad de facto de estos tiempos que señala que en la actualidad, es cada vez más difícil ejercer control sobre los individuos. ¿Es realmente cierto esto? ¿No es ahora acaso mucho más fácil saber el contenido que cada persona está consumiendo? Precisamente lo que pretende la propuesta estadounidense para el TPPA, en materia de derechos de autor, es la exigencia de saber qué datos está uno recibiendo o enviando a través de su conexión a internet. Este control sería ejecutado por los proveedores del servicio de internet (ISP), que en el caso de Perú serían Movistar, Claro, etc.
En una época en la que existe una mayor capacidad para compartir contenido, existen también herramientas más poderosas para ejercer control sobre los sujetos. Un claro ejemplo de ello resulta la experiencia norteamericana después del 9/11 (cualquier ciudadano estadounidense de a pie podía ser víctima de intervención de su línea telefónica, correos electrónicos, historial de viajes internacionales y domésticos, entre otras violaciones a su privacidad).El panopticismo, modelo a través de cual la sociedad de control ejerce su poder sobre los sujetos vigilándolos permanentemente, puede hacer uso de las nuevas tecnologíasy llegar a niveles insospechados.
Entonces, hoy por hoy resulta urgente discutir las opciones que tenemos como usuarios para evitar el ejercicio de este control extremo por parte del poder económico -a través del estado- que propone el eventual escenario de la aprobación del TPPA. Y lo cierto es que parece ser un callejón sin salida. Me explico: siguiendo esta lógica de consumir únicamente aquello que no esté marcado como contenido ilegal, una vía posible para evitar la eventual vigilancia sería comprar los contenidos que consumimos, es decir, convertirnos en clientes en lugar de ciudadanos y pagar por nuestro derecho a la privacidad. No obstante, si es que compramos todo contenido que consumimos, podrían controlarnos de todas formas, pues quienes venden sabrían exactamente lo que hemos comprado de ellos. Por tanto, la vigilancia se consumaría de todas formas.
¿Orwell o Huxley?
En 1949, George Orwell publica “1984”, libro que narra la historia de un futuro en un escenario totalitario disfrazado como óptimo para la sociedad trás un fin mayor. En este futuro los sujetos son controlados por mecanismos de vigilancia que se encuentran en todos lados (“telepantallas”). El ente controlador (en el libro llamado “El Partido”) puede capturar y torturar a aquellos que cometan “crímenes de pensamiento” (tener ideas poco favorables para El Partido).
El uso de este ejemplo como comparación para las posibles consecuencias que puede tener el TPPA puede parecer exagerado; sin embargo, ¿qué sucede cuando las ideas se convierten en producto?Las últimas corrientes del mercado hablan sobre ya no vender el producto en si, sino de vender la experiencia del producto: la historia y los valores, en otras palabras, las ideas. En etapas anteriores del capitalismo, cuando este se centraba en la producción de bienes materiales, lo depredado eran los recursos naturales. Ahora, en una sociedad del conocimiento, en el tan mentando capitalismo tardío, en el lo que se comercia ya no son objetos, sino ideas, lo depredado serán “nuestras” historias y “nuestros” recuerdos. Las ideas son privadas y son para acceder a ellas se tiene que pagar (este argumento es desarrollado con mayor profundidad en “La era del acceso” de Jeremy Rifkin).
En 1931, dieciocho años antes de que Orwell publicara 1984, Aldous Huxley publica “Brave New World”, obra que relata otra distopía pero de distinta naturaleza. En este futuro, no existe un control dictatorial, porque no es necesario: los sujetos son concebidos para vivir en un estado continuo de felicidad, viven mentalmente adormecidos.
¿Este escenario no es similar al estado actual de los contenidos mediáticos? Con contenidos superfluos y banales, ocupan el espacio que deberían tener noticias que cuestionan su privilegiada posición mediática.Entonces, ¿nos encontramos más próximos a un futuro Orwelliano o un futuro Huxleyano o a una combinación de ambos? ¿Estamos aproximándonos cada vez más a un futuro de características Huxleyano pero con fines Orwellianos? El tema del TPPA, un fin vigilante, es dejado de tratar por los medios tradicionales y en su lugar se colocan noticias superfluas, sin mayor trascendencia. ¿Acaso no es momento de preguntarnos si es que queremos vivir en una sociedad donde el adormecimiento mediático ha superado a la preocupación de la sociedad por sus libertades fundamentales?

quiero sobre lo que propuso Ollanta Humala en la Apec, mrd