Por Pablo Salazar
Desde que inició su trabajo como alcaldesa de Lima, Susana Villarán supo que no sería fácil asumir el cargo. Sabía que mejorar el problema del tráfico es una tarea casi imposible, que la percepción de inseguridad es cada vez mayor en las calles de la capital y que su gestión estaría en la mira de un gran sector de la prensa y los políticos que no la querían ni la querrán. Además partía en condiciones difíciles, pues su partido mostraba una incuestionable fragilidad, le faltaban cuadros preparados para gestión pública y tenía que contar con personal impuesto en las filas municipales. A pesar de todo ello, lo que tal vez no imaginó, es que acabaría su primer año de gestión con 19% de aprobación y que iniciaría el 2012 con pedidos de revocatoria.
La bajísima aceptación es más elocuente si es que observamos que su antecesor, Luis Castañeda, terminó su gestión con estas cifras casi invertidas (81% lo aprobaba y solo 18% lo reprobaba) tras 8 años de gestión. Metropolitano cuestionado, serias denuncias por irregularidades, Caso Comunicore, juicio abierto y un discurso pobrísimo, pero mejores números. Precisamente, una parte importante de las críticas que se dirigen a la alcaldesa se originan en la comparación o el recuerdo que se tiene del ex alcalde. Por ello, repasar algunos rasgos de uno y otro puede trazar una ruta para empezar a entender las cifras.
El primero tiene que ver con la forma en que han sido construidos mediáticamente. Por un lado, la alcaldesa tiene que lidiar con las constantes críticas presentadas por políticos conservadores ligados a Castañeda y Lourdes Flores, y medios de comunicación abiertamente opositores a su gestión. Estos ataques son sistemáticos y suelen agarrar carne. La idea que han construido con mayor eficiencia es que Villarán asume el trabajo con muy poco rigor. Es sus términos, “Susana no hace nada”. Para ello, cuentan con un aparato de alto alcance: desde noticias exageradas y manoseadas hasta la creación de varias chapas (como Lady Vaga) y un sketch en El Especial del humor. Tras un año de gestión, parece que lo han logrado: la sensación de que el trabajo de Villarán no es eficiente ya se ha instalado en diversos sectores de la ciudadanía.
Según una encuesta de octubre del 2011, la ineficiencia es la principal causa de descontento. Esto genera que otros aspectos positivos tengan un mínimo impacto. Así, poco importa que la gestión proyecte transparencia (que es tomada por el municipio como un fin, pero debería ser asumida como un aspecto transversal), que privilegie la gestión cultural o que no recargue la ciudad con publicidad. La sensación de que no trabaja -o no trabaja bien- es mucho más poderosa. Pero, concretamente, ¿qué significa ser eficiente? Tal vez, la idea que los limeños que desaprueban a la alcaldesa albergan sobre ello está ligada a la figura del ex alcalde.
En efecto, Castañeda dejó como legado una forma de percibir la eficiencia. Por eso, para un importante sector que desaprueba a Villarán, es muy difícil romper con la imagen de alcalde “que es cuestionado, pero hace obra” que durante años forjó el ex alcalde. Él aparecía constantemente en los noticieros matutinos, vestido de amarillo (y con casco) dejando claro que lo suyo son las obras. Y eso le otorgaba popularidad, pues según la mencionada encuesta, las obras que más se valoran de la gestión anterior son el Hospital de la Solidaridad, el Metropolitano, las Escaleras Solidarias y los aportes en infraestructura vial. Ese es el recuerdo de su eficiencia: cemento y provisión de servicios. Para muestra un botón: el incremento de presupuesto y demora del Metropolitano fue foco de diversas denuncias y acusaciones; sin embargo, hoy, es considerada por el 67% como la segunda obra de mayor importancia de los 8 años de gestión del alcalde solidario. No importa el proceso, sino la funcionalidad. Como este, hay varios casos que revelan que, ante el beneficio, la transparencia pasa irreversiblemente a un segundo plano.
Un segundo factor está relacionado con el intercambio político, vale decir, con la forma en que los representantes y representados ingresan a una transacción en la que dan y reciben algo. En otras palabras, apunta al repertorio de acciones a través de las cuales el gobernante electo busca generar fidelidad en los electores para que respalden la gestión y sean el soporte político que se requiere para gobernar. Aquí Villarán y Castañeda muestran planteamientos encontrados: mientras la alcaldesa plantea una transformación idealista de la ciudad, lo que requiere un trabajo de largo aliento y ciudadanos conectados con la causa; el ex alcalde asumía la bandera del clientelismo, por el que busca impactar positivamente la vida de los electores con el fin de obtener réditos políticos. La aceptación de una y otra forma de entender el intercambio queda clarito en las cifras.
El tercer factor tiene que ver con el discurso, pero ya no con el que se construye desde afuera, sino el que Villarán y Castañeda expresan. Así, mientras Castañeda buscaba que las obras “hablen por él” y con ello alejaba la política de su discurso; Villarán habla hasta por los codos y declara sobre cada tema de interés que surge en la política peruana. Es, además, defensora de causas impopulares: defendió a Chehade cuando todos le daban con palo, atacó al Cristo del Pacífico en una ciudad conservadora como Lima, entre otras perlas. Esta forma de manejar las declaraciones encaja perfectamente con la construcción de ineficiencia: el aparato discursivo de los opositores presenta a Villarán como una alcaldesa que no hace nada y, además, critica a los que sí hacen (o hicieron) obras (el tercer factor por el que se desaprueba a la alcaldesa, según los encuestados, es porque critica a Castañeda).
Sin embargo, a pesar de lo presentado, no se puede negar que lo hecho por Villarán en el primer año de gestión es más de lo que hizo Castañeda en su primer año al mando del municipio y nadie lo cuestionó. El problema es que no alcanza para pisar terreno firme contra el aparato que se ha instalado contra ella. Según algunas notas, la recolección de firmas para la revocatoria está teniendo amplia cabida y el riesgo aumenta para la alcaldesa. La gestión no es mala, pero hace muchísima falta fortalecer ese lado político que alimenta la popularidad del representante. Ya no se trata solo de comunicar mejor, publicitar las obras o denunciar conspiraciones, sino de hacer política. Y eso implica ponerse en el lugar del que firma la revocatoria y evaluar cuáles son las razones que lo hacen firmar. El descontento no es un invento, y debe ser combatido.


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