Redes sociales y los límites del movimiento 15-O

Por José Puga

El pasado 15 de octubre, el movimiento “Indignados 15-M” y Occupy Wall Street (OWS) esparcieron conjuntamente su causa libertaria en más de 1,000 ciudades (Atenas, Londres, Madrid, Praga, Hong Kong, Nueva York, México D.F., Sao Paulo, entre otras) y 82 países alrededor del mundo. Medios de comunicación y entusiastas liberales describieron este fenómeno como una revolución cívico-política similar a Mayo del 68’, con la diferencia que en este caso millones de individuos, colectivos ciudadanos, sindicatos de trabajadores y curiosos se congregaron en los cuatro puntos cardinales del globo.

Las similitudes discursivas entre ambos movimientos (uno engendrado el pasado mayo, debido a la crisis española, y el otro producto de la recesión norteamericana) son evidentes: ambos abogan por la democracia participativa; se quejan del alto nivel de desempleo entre los jóvenes (que en España alcanza el 20,89% y en EE.UU. el 9.1%) y dirigen sus reclamos con el puño en alto contra el “establishment” internacional representado por gobiernos “corruptos”, banqueros “sin escrúpulos”, corporaciones explotadoras y ese 1% que concentra la mayor fuente de riqueza. Del mismo modo, los “Indignados” y OWS expresan marcadas coincidencias con el movimiento Anti-Globalización, sobre todo, en lo que concierne al discurso que rechaza el control del poder de las multinacionales y las organizaciones económicas como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional.

Si bien sus planteamientos han recibido cierto respaldo en diversos lugares del mundo, el movimiento bautizado ahora como 15 de Octubre o 15-O también ha sido tildado de ser incoherente y hasta antidemocrático. A pesar de congeniar con muchas de sus demandas, considero que varias críticas tienen validez y no por ser simpatizante de recalcitrantes comentaristas políticos de derecha como Glenn Beck o medios como Fox News (que hasta llegaron a comparar a los indignados con nazis) u otros tabloides conservadores que se han esmerado en tildarlos de grupos violentistas y anárquicos.

El punto es que las democracias occidentales ya poseen instituciones democráticas, partidos políticos y leyes electorales, es decir, un sistema político-jurídico con las reglas de juego bien claras. En cambio, el movimiento 15-O tiene más que ver con el ejercicio de la libertad de expresión –que Internet y las redes sociales sin duda fomentan– que con la acción política. He ahí la raíz del problema.

Muchos reclamos, poca coherencia

A pesar de sus buenas intenciones, la falta de consistencia e incoherencia en el discurso 15-O linda con el paroxismo: va en contra de los grandes capitales, pero su facción europea exige que se baje además la tasa de desempleo y se mantengan derechos del estado de bienestar como seguridad social, seguro de salud universal, seguro de desempleo, menores tarifas para la educación universitaria, etc. Para proveer los servicios que reclaman, es necesaria una maquinaria económica bien aceitada (entiéndase inversión) que solvente esos gastos. Mientras Grecia está a punto de caer en default, miles de griegos han salido a marchar a las calles debido a los recortes en beneficios sociales y en el aparato estatal exigidos por la UE.

Son los impuestos recaudados y un gasto público medido los que generan el balance adecuado en la economía mixta propia del Estado de bienestar europeo. Esto es algo que, por cierto, en Perú y en muchos países latinoamericanos todavía ni siquiera por asomo hemos implementado. Pero entre tanta confusión, en Lima también algunos tuvieron la oportunidad de “indignarse” y salir a marchar por sus propios motivos.

Si uno se pone a analizar detenidamente cuales son las peticiones del 15-0 descubrirá que estos reclamos están en un plano “glocal”, es decir, nacional y global. Esto hace que las demandas tengan en cuenta el panorama mundial, pero se dirijan a sus entornos inmediatos. Así, mientras velan por el medio ambiente, los indignados japoneses piden que se desmantelen las plantas nucleares en su país; en España las críticas apuntan al excluyente bipartidismo PSOE-PP y en EE.UU. es cuestionado el salvataje de negligentes entes financieros americanos a expensas del pueblo.

Para aplicar muchas de estas reformas se requiere primero que los indignados se tomen en serio en un plano local y jueguen dentro del sistema. Eso significa organizar a sus simpatizantes e integrarlos en comités internacionales, partidos jerárquicos operando en territorios nacionales y células que ayuden a asignar roles y responsabilidades a sus miembros y voluntarios. Se trata de construir una agenda política con objetivos claros y elegir internamente a sus candidatos para aplicar las reformas desde el poder. Se trata de construir una sociedad civil internacional que monitoree a entidades financieras y políticas de alcance global. Esto requiere más que arengas para atraer la atención de broadcasters y bloggers, algo que parece la resaca más frívola del hipismo.

A pesar de que comulgo con muchas de las causas del movimiento 15-O, entiendo por qué son considerados un chiste para los poderosos que tanto critican y que están organizados bajo jerarquías políticas, económicas y empresariales rebosantes de capital y talento profesional. El movimiento necesita mayor compromiso, más eficiencia y disciplina, no solo ruido mediático. Revoluciones como la francesa, la Leninista y el movimiento de los Derechos Civiles en EE.UU. fueron encaminadas por líderes y organizaciones con miembros comprometidos con valores en común, una ideología sólida y roles definidos. Todos estos son los ingredientes de una identidad política que lleva la queja a la acción.

Un verano caluroso y violento

En junio de 1964 se organizó en Mississippi (EE.UU.) el llamado “Verano de la libertad” (Freedom Summer). Esta iniciativa organizada por el Consejo de Organizaciones Federativas (CFO, por sus siglas en inglés) encabezado por sus principales miembros, la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP), el Comité Coordinador Estudiantil No-violento (SNCC) y el Congreso por la Igualdad Racial (CORE) contó con centenares de voluntarios que ayudaron a montar en esa localidad 30 “escuelas de la libertad” donde se enseñó por tres meses a más de 3 mil estudiantes sobre filosofía, historia y el movimiento de los derechos civiles. Además, ese verano se eligió a 68 delegados y se registraron como miembros activos a más de 80,000 afroamericanos dentro del Partido Demócrata por la Libertad de Mississippi  (MFDP). Esta organización terminó por desplazar en el estado sureño a los candidatos demócratas tradicionales y su presencia influyó en la firma del Voting Rights Act de 1965.

Sin embargo, alcanzar estos objetivos tuvo un precio muy alto: en esos meses 37 iglesias fueron quemadas y más de 80 voluntarios fueron apaleados, arrestados e inclusive tres estudiantes fueron asesinados por grupos segregacionistas como el Ku Klux Klan. Estos voluntarios aplicaron lo que el experto en redes sociales Malcolm Gladwell denomina “activismo de alto riesgo” que usualmente necesita de altas dosis de compromiso con una causa y no solo colaborar con trends en Twitter.

En el caso del 15-O, a pesar de tener a la mano herramientas tecnológicas sin precedentes como las redes sociales y plataformas amateur como blogs, Youtube y otros, aún no ha logrado crear plataformas políticas con una dirección clara y un plan programático. Hay muchas buenas intenciones y quejas concretas, pero no se han implementado los mecanismos adecuados para concretizar estas demandas civiles a un nivel glocal.

Amor líquido

Eventos abiertos en Facebook, el boca-a-boca en Twitter y el messenger de Blackberry permiten coordinar a miles de personas en horas determinadas y en cualquier punto del planeta. No solo eso, sino que además Internet ha reducido los costos de reproducción y distribución de contenido a cero lo que permite el flujo inmediato de información, noticias, videos y demás productos culturales que ayudan a fomentar identidades y, aparentemente también, convicciones políticas. Para muchos activistas, Internet es una panacea en la que la libertad de prensa, de expresión y de organización política conviven conjuntamente. Sin embargo, expertos como Gladwell opinan distinto:

“Las plataformas de medios sociales se construyen alrededor de lazos débiles. Twitter es una forma de seguir (o ser seguido por) las personas que nunca han conocido. Facebook es una herramienta para la gestión eficiente de sus conocidos, para estar al día con las personas que de otra manera no sería capaz de mantenerse en contacto con. Es por eso que usted puede tener miles de “amigos” en Facebook, ya que nunca se puede en la vida real”.

Es por ello que el psicólogo social Henri Tajfel advierte que el verdadero compromiso requiere un nivel de internalización de valores, experiencias en común, objetivos claros y demás elementos colectivos que generan el tan en boga capital social.  Sin embargo, agrega que para sentirse miembro de un grupo, o sea para poseer una membresía, no es necesario sentir ningún tipo de convicción ni invertir tiempo en él. Solo basta con uno sentirlo y auto-identificarse ligeramente con esa etiqueta social. En una sociedad de consumo como la nuestra, esto equivale muchas veces a poner “Like” o “Subscribirse” a Lady Gaga o Greenpeace.

Eso es lo que justamente generan las nuevas tecnologías: permiten convocatoria a través de membresías efímeras adquiridas en “Likes”, conversaciones pasajeras o líquidas –en palabras de Zigmund Bauman– carentes de comunicación frente a frente y que no influyen en nuestra rutina. Estas son utilizadas como un accesorio para nuestra vanidad posmoderna. Por otro lado, las destructivas, incoherentes y violentas protestas en Londres así como eventos más nobles como la Marcha por la Paz en Colombia, que convocaron a miles gracias a Facebook, apelan a discursos carentes de ideología y congregan gracias a sentimientos universales, slogans inspiradores, pero jamás insertos dentro de una agenda política a largo aliento.

Las herramientas sociales que poseemos hoy tienen la capacidad de formar flash mobs o turbas espontáneas, pero no aseguran ningún grado de compromiso con la causa ni monitorean responsabilidades. Un ejemplo ilustrativo es el caso de Thessa, una pobre adolescente alemana que el pasado junio olvidó colocar su cumpleaños como un evento privado en Facebook y 15,000 personas fueron a tocarle la puerta. Dudo que todos ellos hayan sido amigos íntimos de Thessa.

En otras palabras, herramientas de comunicación eficientes no son fundamentales al momento de desencadenar una revolución, sino son principalmente los grupos que encarnan y aprovechan ese sentimiento universal de insatisfacción contra el sistema el verdadero gatillo del cambio. Eso fue lo que pasó, por ejemplo, durante la caída del muro de Berlín, donde solo 13% de la población en el lado soviético tenía acceso a un teléfono.

Esto no significa que la capacidad de internet para formar múltiples redes de organizaciones independientes, anónimas y adaptables no sea una ventaja enorme a comparación de las mastodónticas jerarquías del siglo pasado. Solo basta ver el poder de colaboración de los hacktivistas de Anonymous o la estocada final que Napster y su estructura abierta peer-to-peer le dieron a la industria musical. Organizaciones sin un cerebro central son más resistentes a los ataques, son más creativas y tienen la capacidad de multiplicarse como una colonia de bacterias, pero son ineficientes e ineficaces si lo que realmente se quiere es un cambio significativo.

Desde mi parecer el movimiento 15-0 tiene justamente esta estructura: es una red de redes sin cerebro central. Sin embargo, se necesita de este cuando se trata de jugar en el sistema democrático. Por el momento, el 15-O denota un estado de ebullición debido a sentimientos fermentados por la injusticia social, la marginación laboral y la falta de representatividad. Son estos sentimientos colectivos los que deben de ser canalizados por líderes y jerarquías con estrategias concretas. En palabras de Eugeny Morozov, extraídas de su libro The Net Dellusion: How Not to Liberate the World, “(miles de) tweets, por supuesto, no derrocan a los gobiernos. La gente lo hace”.

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